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5 razones para perdonar y reconciliarnos.

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5 razones para perdonar y reconciliarnos.

5 Secretos para tener una vida más feliz

Por Ma del Socorro Pérez Pérez, fsp

Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Así nos dirigimos a Dios cada vez que rezamos el Padre Nuestro, por lo que sin duda lo hemos expresado cientos de veces desde que comenzamos a rezar. Y lo más importante de esta oración es que esta es la forma de cómo Jesús nos enseñó a orar cada vez que nos dirijamos al Padre Celestial.

Un ejemplo de lo que es saber perdonar de corazón nos lo da la santa adolescente María Goretti, cuando el 5 de julio de 1902, el sacerdote que estaba junto a ella en el hospital le preguntó si perdonaba a su agresor, a lo que ella sin la menor duda y en medio de los dolores mortales que estaba sufriendo por las catorce puñaladas recibidas respondió: “Sí… y no sólo lo perdono, sino que también lo quiero conmigo en el paraíso”. La madre de María Goretti también lo perdonó. Esto nos recuerda al Maestro del perdón, a Jesús, el Hijo de Dios que, mientras le clavaban los pies y las manos a la cruz, decía: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen.

Estimado lector, en este mes quiero invitarte a considerar:

5 razones para perdonar y reconciliarnos.

1. El perdonar nos ayuda a sanar interiormente

El odio como el amor echa raíces en el interior de la persona; pero los resultados son diversos. En este caso nos interesa reflexionar cómo afecta el interior de quien permite anidarse el resentimiento y el rencor en su corazón. Cuando alguien ha sido ofendido de alguna manera y lleva en el corazón esa ofensa como una espina que le molesta y no le permite vivir en paz, la herida se infecta y el mal daña el alma. Precisamente como nos es imposible caminar libremente y con agilidad si llevamos una espina en la planta del pié, aunque por su tamaño no sea visible, así tampoco es posible caminar por la vida llevando algún rencor o animadversión por quienes nos ha ofendido en algún momento de nuestra vida. Mientras no perdonemos de verdad y de corazón a esa persona que nos causó tanto mal y tanto dolor, esa herida seguirá sin curación e impedirá sanar definitivamente. No por algo la respuesta de Jesús fue definitiva cuando Pedro le pregunta cuántas veces debe perdonar a su prójimo; no basta perdonar siete veces, sino setenta veces siete, lo cual significa, siempre.

Cuando comencemos a perdonar, entonces comenzaremos a sanar y nos sentiremos libres y felices de no llevar en nuestra alma las heridas ni la huella de los males que nos ocasionaron. Ya fue suficiente con haberlos soportado una vez, ¿para qué seguirlos llevando y darles la importancia que no tienen? ¿No bastó haberlos vivido en su momento para seguir evocando el dolor y la pena que nos provocaron? Animémonos a sanar de una vez por todas dando libertad a nuestra capacidad de amar dejando atrás y deshaciéndonos del mal para curarnos completamente a fin de vivir nuestra vida con mayor felicidad.

2. El perdonar nos ayuda a sanar exteriormente

Sin duda hemos escuchado decir que hay personas que somatizan sus problemas y sus sentimientos negativos. Según algunos expertos médicos y psicólogos, la enfermedad exterior más común que tiene su origen a nivel interno de la persona (sentimientos negativos, frustraciones, rencores y muchos más) es la muy conocida y padecida depresión. La depresión ciertamente puede tener sus motivos físicos, pero ante todo es un mal del alma, es una enfermedad que puede padecer cualquier persona, sin importar la edad, sexo, condición social o económica. Pero cuando la persona vive en contante depresión y mal genio, esto ya no se puede justificar.

He conocido personas que ha sido abandonadas por su madre o su padre en la infancia y nunca han podido perdonar el hecho, y han ido por la vida pensándose víctimas de todo mundo y pensando que todos los demás son iguales. Así mismo sucede con las parejas que han sido abandonadas o traicionadas por su esposo o esposa, se vuelven de un carácter amargado y hasta hacen pagar a los hijos el mal cometido por los padres.

Ciertamente que una de las ofensas más dolorosas es la que se sufre cuando una persona a la que amamos nos traiciona o nos ofende gravemente. Pero no se puede depositar toda la confianza y el amor en un ser humano, aunque lo amemos mucho, por que es un ser limitado y lleno de defectos como lo somos todos y cada uno de nosotros; no podemos sentirnos perdidos y sin sentido por la vida al perder a esa persona, ya sea por abandono, por traición o porque fallece. ¿Por qué no volver a expresar nuestra alegría de vivir y hacer las cosas que hacemos cada día sin llevar el peso del resentimiento o rencor contra quien nos ofendió? El perdonar siempre y a todos nos ayuda a tener una vida sana en nuestras acciones externas y con los demás. Por eso vale la pena perdonar y liberarse del virus al que suelo llamar “rencorismo eterno”.

3. El perdonar nos ayuda a vivir en paz

Pongámonos ahora del otro lado de la moneda. Ubiquémonos en el lugar de los que ofenden. Quien haya experimentado el perdón recibido de alguien al que se le ofendió, comprenderá la paz y tranquilidad que se siente al quedar liberado de ese gran peso que es el sentimiento de culpa y de arrepentimiento de haber causado daño a la persona. Claro que para esto se requiere una virtud muy escasa entre nuestra especie humana, la humildad.

El reconocer que se ofendió o se le falló a alguien que confiaba en nosotros requiere de humildad y de un cierto grado de sentimientos humanísticos.

En este punto nos puede ayudar a reflexionar aquel pasaje del evangelio en donde los escribas y fariseos le presentan a Jesús a una mujer que cometía adulterio (Jn 8, 3-11). Las palabras finales de Jesús son precisamente las que sentiremos al recibir el perdón de quien ofendimos: “Levantándose Jesús le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Alguien te ha condenado?». Ella le respondió: «Nadie, Señor». «Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete en paz y no peques más en adelante».

La capacidad de perdonar se nos ha dado para poder otorgarla de forma libre y generosa como queramos.

Si recibir el perdón por nuestros pecados, por las ofensas cometidas en contra del Ser más maravillo de este mundo que es Dios, nos hace sentir tanta dicha y paz, con mayor razón nos sentiremos llenos de gozo y semejantes a nuestro Creador, a nuestro Salvador, cuando perdonemos a todos los que nos han ofendido en la vida. Eso nos hace ser verdadero hijos e hijas del Señor de la Misericordia Divina. Porque, mientras no sepamos perdonar de corazón, no podremos vivir felices ni en paz.

4. El perdonarnos nos reconcilia con el prójimo, consigo mismos y con Dios.

¿Qué sería de este mundo si en lugar de que el ser humano llevara cargando el peso del rencor y resentimiento de las ofensas recibidas caminara libre de toda discordia con el prójimo? ¡Ah! Pero no quiere que sea así. El perdonar y recibir perdón es algo que a lo que no se le da la importancia que tiene, ni entre las familias ni en los grupos de trabajo ni en la sociedad en general. ¿Por qué será que a la mayoría de los cristianos les cuesta tanto ir en busca del Sacramento de la Reconciliación? Mucho más difícil es buscar la reconciliación con el prójimo que nos ha ofendido o al que se ofendió. ¿Será que el ser humano no es capaz de vivir en armonía y tolerancia? ¿Será que es incapaz de perdonar a los demás porque no sabe perdonarse a sí mismo? Yo creo que sí es capaz, pero el problema está en que solemos pensar que son los demás quienes nos ofenden y tienen el deber de buscarnos para pedirnos perdón por el daño que nos han hecho. Pocas veces pensamos en que podemos ser nosotros quienes demos el primer paso antes de que la otra persona venga a nuestro encuentro para pedirnos perdón; quizá nunca nos llegue a pedir perdón, pero nosotros deberíamos perdonar siempre, como es la enseñanza de Jesucristo.

Tengamos en cuenta que, mientras no podamos reconciliarnos con el prójimo, tampoco podemos reconciliarnos con Dios ni con nosotros mismos. Las mejores relaciones entre los grupos humanos se darán cuando sus miembros saben dar y recibir perdón.

5. Perdonar nos hace crecer en calidad humana

Es más noble y de gran calidad humana aquel que toma la iniciativa para buscar la reconciliación y el perdón con el prójimo. Pensemos en esto: cada vez que otorguemos a alguien el perdón, nos hacemos más humanos, más cristianos y más dignos a los ojos de Dios y de este mundo. La actitud de otorgar perdón no es de “personas tontas” como muchos piensan, es más bien la actitud de las personas que tienen una dignidad muy alta y una calidad de ser humano superior a quienes piensan que hay que vengar el daño recibido y odiar a quienes nos han quitado algo muy valioso para nuestra vida. La degradación de la humanidad ha crecido tanto porque nosotros mismos lo hemos permitido y lo seguimos permitiendo a medida que sigamos los patrones de conducta de aquellos que buscan de vengar el mal recibido. Pensemos por qué es más fácil para todo mundo ofender a los demás que pedir perdón de corazón.

Porque el mal que se hace en contra del prójimo es más fácil y no cuesta nada hacerlo, porque no nos exige ser personas superdotadas. En cambio, el decidirse a perdonar a quien nos hirió profundamente requiere tener una alta autoestima y un valor por la vida propia y la de los demás. No por nada Jesucristo pide a quienes quieren ser sus discípulos: “Ustedes saben que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y recen por los que los persiguen, para que sean hijos de nuestro Padre Celestial, que hace salir el sol sobre buenos y malos y hace llover sobre los justos y los injustos. Porque si aman a los que los aman, ¿qué mérito tienen? ¿No hacen eso mismo los publicanos? Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de especial? ¿No hacen eso también los paganos? Ustedes sean perfectos, como nuestro Padre celestial es perfecto. “Si logramos vivir esta enseñanza de Jesús, seremos personas con mucha calidad humana y dignos hijos del Padre Celestial.

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